Barcelona jugó por ingresar a Copa Libertadores, pero el resultado más vergonzoso no estuvo en la cancha, sino en las gradas: Jhony Proaño, Héctor Carabalí, Alberto Andrade, Galo Vásquez y Alcides de Oliveira no tenían dónde sentarse a ver al club por el que lo dieron todo.
Ellos, ex glorias amarillas, llegaron a un estadio que alguna vez fue su casa y se encontraron con un mensaje frío e inequívoco: aquí ya no hay lugar para ustedes.
Durante años, estos ídolos contaron con un palco especial, un espacio de respeto. Los periodistas también. Pero vamos por parte, como reconocimiento mínimo a su trayectoria y a lo que significan para la historia del Ídolo del Astillero.
Hoy ese palco fue removido, reubicado, borrado del mapa dirigencial, y con él, el símbolo de gratitud de un club hacia sus referentes. No es un simple cambio logístico: es un gesto político, un golpe directo a la memoria.La ingratitud como modelo de gestión.
Proaño, cerebro en la mitad de la cancha; Carabalí, pulmón incansable; Andrade, baluarte central; Vásquez, liderazgo puro; Oliveira, talento extranjero que se hizo de casa.
Ninguno exige favores ni privilegios desmedidos, solo el derecho moral de sentarse a ver al Barcelona desde un lugar que honre su pasado y su aporte. Lo que recibieron, en cambio, fue indiferencia disfrazada de “decisiones administrativas” y “nueva organización del estadio”.
Cuando un club relega a sus leyendas al mismo anonimato que a un desconocido, traiciona algo más profundo que un protocolo: traiciona su identidad.
Hoy son Proaño, Carabalí, Andrade, Vásquez y Oliveira los que se quedan sin palco; mañana serán otras glorias, otros emblemas, hasta que no quede nadie que recuerde que este escudo se levantó con esfuerzo y no con contratos de ocasión.
Esta es la modernidad mal entendida: mucho marketing, poco respeto.Un llamado directo a la dirigencia. A la actual dirigencia de Barcelona Sporting Club hay que decirle las cosas por su nombre: esto es un desaire, un acto de ingratitud y una falta de visión histórica.
Un club grande se mide también por cómo trata a sus viejas glorias, por cómo las integra, las escucha y las honra en los días de fiesta deportiva. ¿Qué ejemplo se da a los juveniles cuando ven que aquellos que hicieron grande al club hoy deambulan buscando un sitio para ver el partido?
Restituirles su palco no es un favor, es una obligación moral. No se trata de nostalgia barata, se trata de justicia. Si hay espacio para nuevas suites, zonas VIP y experiencias “premium”, también debe haber espacio para los hombres que ayudaron a que hoy el Monumental se llene y que Barcelona siga siendo sinónimo de pasión popular.
Es qu la hinchada amarilla, que canta los nombres de estas glorias en las reuniones de barrio, en las tertulias y en los recuerdos de finales inolvidables, no puede mirar hacia otro lado.
Así como se exige actitud a los jugadores y resultados al cuerpo técnico, también hay que exigir memoria y decencia a la dirigencia. El respeto a las leyendas no es un capricho romántico: es la base para que las nuevas generaciones entiendan lo que significa vestir la camiseta amarilla.
Que esta historia no quede en una anécdota amarga de Libertadores, sino en un punto de quiebre. Que Proaño, Carabalí, Andrade, Vásquez y Oliveira vuelvan a su palco, no como invitados incómodos, sino como lo que realmente son: parte viva del Barcelona. Porque un club que margina a sus ídolos, tarde o temprano, termina marginando su propia grandeza.
Del tintero de:
MSc. Antonio Rodríguez Pazos