Las aguas han bajado en Babahoyo. El río ya no entra por las puertas ni arrastra refrigeradores por las calles. Pero lo que dejó atrás pesa mucho más que el lodo que aún cubre las veredas: memorias rotas, hogares heridos y vidas que tendrán que empezar casi desde cero.
Desde el bypass hasta los barrios más antiguos, las calles se han convertido en un silencioso testigo del dolor. Sofás en medio de la vía, mesas que ya no sostendrán reuniones familiares, colchones empapados apilados como tumbas de recuerdos, neveras volcadas que alguna vez guardaron la comida de una semana… hoy son parte de un paisaje que duele mirar.
Esta escena inevitablemente nos transporta al recuerdo del Terremoto de 2016. Cuando Manabí y Esmeraldas también lo perdieron todo en segundos. Hoy la historia vuelve a tocarnos, diferente en forma —el agua en vez del sismo—, pero igual en tristeza, igual en impotencia, igual en la necesidad de volver a levantarse.
Y ahí estoy yo, sentado sobre lo que quedó de mi casa, con el puño en alto… no como símbolo de derrota, sino de resistencia. Porque aunque el agua se haya llevado muebles, fotos, ropa, documentos y hasta la tranquilidad de dormir sin miedo, no pudo llevarse lo más importante: la fe, la dignidad y las ganas de seguir adelante.
A quienes hoy sienten que lo han perdido todo —la cocina donde se cocinaba para los nietos, la sala donde se reunía la familia los domingos, el cuarto donde los hijos estudiaban soñando con ser alguien— quiero decirles con el corazón en la mano: no están solos.
El dolor que hoy nos une también será la fuerza que nos levante. Que Dios no abandona a su pueblo en medio de la tormenta, y que después de cada oscuridad siempre llega la luz. Babahoyo no se rinde. Babahoyo se levanta. Y de esta, con la ayuda divina y la solidaridad de todos los ecuatorianos, saldremos más fuertes.
A las familias que lloran hoy la pérdida de un ser querido arrastrado por la corriente, a los que duermen en albergues improvisados, a los que ven sus sembríos arruinados y sus negocios bajo el agua: sepan que no los olvidaremos. Que el país entero está mirando y que, aunque sea poco a poco, volveremos a reconstruir lo que se llevó el río.
Porque Babahoyo no es solo un nombre en el mapa. Es gente que se cae y se para. Es gente que llora y luego sonríe. Es gente que hoy duele… pero mañana vuelve a soñar.