Guayaquil, 15 de noviembre de 1922. Una ciudad paralizada por la huelga general despertaba bajo un sol abrasador. Miles de obreros, artesanos, estibadores, tranviarios y familias enteras marchaban pacíficamente por las calles del centro exigiendo lo más básico: pan, justicia y condiciones dignas de trabajo.
Nadie imaginaba que aquel día terminaría bañado en sangre.
El presidente de la República, José Luis Tamayo, estaba en Quito. Al recibir los informes, tomó una decisión fatal: ordenó reprimir la manifestación por la fuerza.
El detonante de la crisis
Ecuador atravesaba una de las peores crisis económicas de su historia. El precio del cacao, principal fuente de riqueza del país, se había desplomado tras la Primera Guerra Mundial. Miles de familias quedaron sin empleo. La inflación galopante devoraba los salarios y el costo de la vida se había vuelto insoportable.
Los trabajadores del puerto y de la ciudad soportaban jornadas de hasta 14 y 16 horas diarias, sin descanso dominical, sin seguridad social y con salarios miserables.
El descontento acumulado explotó a principios de noviembre. El 13 de noviembre se declaró la Huelga General. Guayaquil quedó completamente paralizada: sin tranvías, sin luz, sin agua potable y sin actividad comercial.
La marcha pacífica que terminó en tragedia
El 15 de noviembre, más de 5.000 personas (según algunas estimaciones hasta 10.000) se concentraron en el centro de la ciudad. La marcha era ordenada. Los manifestantes portaban banderas rojas y negras y coreaban consignas por mejores salarios, la jornada de ocho horas y el fin de los abusos.
Alrededor de las dos de la tarde, todo cambió.
Siguiendo órdenes directas del presidente liberal José Luis Tamayo, las fuerzas del Ejército y la Policía tomaron posiciones. Sin mediar diálogo ni advertencia, los soldados de los batallones Constitución, Montúfar, Marañón y Artillería Sucre abrieron fuego contra la multitud indefensa.
Lo que siguió fue una verdadera masacre.
Hombres, mujeres y jóvenes cayeron bajo las balas. La gente corría despavorida intentando salvarse. Los heridos fueron rematados en el suelo. Muchos cuerpos fueron arrojados al río Guayas para ocultar la magnitud de la tragedia.
Un saldo de horror
Aunque las cifras oficiales nunca reconocieron la dimensión real, testigos y organizaciones obreras hablan de entre 200 y 500 muertos, y cientos de heridos. Los cadáveres fueron enterrados en fosas comunes o desaparecieron en las aguas del río.
Guayaquil nunca olvidaría ese día.
El legado de la sangre
La masacre del 15 de noviembre de 1922 fue el bautismo de sangre del movimiento obrero ecuatoriano. Aunque la huelga fue duramente reprimida, su eco resonó en todo el país.
Cuatro años más tarde, la Revolución Juliana de 1925 derrocó al gobierno de Tamayo e inició un proceso de reformas sociales. En 1938 se promulgó el primer Código del Trabajo, que recogía muchas de las demandas por las que aquellos trabajadores habían dado su vida.
Hoy, más de cien años después, cada 15 de noviembre el pueblo guayaquileño lanza flores al río Guayas en memoria de los caídos. No como un simple acto simbólico, sino como recordatorio de que los derechos que hoy disfrutamos fueron conquistados con sangre.
La lucha de 1922 no fue en vano.